KEYNES, un personaje del XX ¿y del XXI?

Jose Manuel Cassinello

    Autor: José Manuel Cassinello Sola

    Se cumplen 75 años del fallecimiento de una de las personas más influyentes del siglo XX: John Maynard Keynes. Más allá de su carácter como genio y economista, podemos incardinar este personaje dentro de quiénes acaban siendo un líder laico tras el que se desarrollan reformas, movimientos e innovaciones seculares que marcan el devenir histórico(*).

    Nos centramos más en el “personaje” que en el “economista” ya que este último aspecto ha sido de sobra estudiado. Son su vida, su “filosofía” y su praxis las que nos interesan en la medida en que pueden servirnos las estructuras racionales que las soportaban.

    No resulta fácil categorizar a Keynes sin perder la riqueza de los matices del personaje, pero sí podemos definirlo como un humanista, una especie de renacentista del siglo XX. Como acontece habitualmente con este tipo de figuras, sus ideas no suelen dejar a nadie indiferente en la medida en que la defensa de éstas se hace con vehemencia y afilada dialéctica lo que, en el caso de Keynes, se unía a un potente intelecto del que se hizo eco en su autobiografía Bertrand Russell: “El intelecto de Keynes era el más agudo y claro que he conocido jamás. Cuando discutía con él, lo hacía como si me fuese la vida en ello, y raras veces salía de la discusión sin la impresión de haber hecho el tonto”.

    Difícil posicionamiento político

    Es difícil encuadrar políticamente a alguien que no tenía remilgos en cambiar de postura cuando la situación cambiaba: “cuando cambian las circunstancias, tiendo a cambiar mis opiniones ¿y usted qué hace?”. De su conferencia “¿Soy liberal?” puede concluirse, no sin matices, que era un “liberal progresista” que entendía que “el problema económico de la humanidad consiste en combinar tres cosas: eficiencia económica, justicia social y libertad individual”.

    De lo que siempre estuvo convencido es de que era necesaria una revisión del capitalismo, en la que él se empeñó a conciencia, admitiendo no obstante que éste era el mejor de los sistemas económicos: “A mi juicio, un capitalismo dirigido con sensatez puede mejorar y alcanzar los fines económicos con mayor eficiencia que cualquier sistema alternativo”.


    Un adelantado a su tiempo, siempre cercano a la realidad.

    Fue Keynes un “eduardiano” en la época victoriana, con el riesgo que ello suponía. Y es que no podemos olvidar que, unos años antes, Oscar Wilde fue condenado por su homosexualidad, quebrando el genio de una de las mentes literarias más sublimes del siglo XIX.

    Rechazó abiertamente la moral y los convencionalismos victorianos y defendió un epicureísmo que compartió al integrarse en el grupo de Bloomsbury, un círculo cultural de amigos que constituían una aristocracia revolucionaria en cuanto a la cultura y a la moral sexual.

    Frente a otros economistas normativos, Keynes demostró siempre estar pegado al terreno de la realidad. Así la revolución keynesiana se inició al observar que, tras la crisis de Gran Bretaña de 1920, llegó una recuperación incompleta que no permitía rebajar el desempleo tal y como los economistas clásicos pronosticaban.

    La cotidianeidad es la base sobre la que construyó sus teorías económicas recogiendo para esa elaboración elementos morales, éticos o meramente psicológicos de los distintos agentes económicos. Definió así los “animal spirits” como elementos a combinar con los cálculos racionales a la hora de solucionar los efectos de la incertidumbre; o la “preferencia por la liquidez”, que descontaba el efecto económico de la inquietud de los consumidores ante situaciones de incertidumbre.

    Esta cercanía a la realidad también se refería al ámbito temporal reclamando que las decisiones se adoptasen a corto plazo por cuanto que “a largo plazo todos estaremos muertos”. Los economistas no podían limitarse a “decirnos que cuando el temporal haya pasado el océano volverá a estar en calma”.


    Sensibilidad y utopismo en cuanto a los problemas sociales.

    Se ocupó de transferir el problema de la justicia social de la microeconomía a la macroeconomía, dando lugar a una “vía intermedia” entre el capitalismo y el socialismo.

    Además de ser sensible a los problemas sociales defendía un cierto utopismo que lo llevaba a criticar el “amor al dinero”, en favor de la “buena vida”. Entendía que la Economía era un medio para el desarrollo de una sociedad mejor y aspiraba a que los problemas económicos pasasen a un segundo plano: “No está lejos el día en que el problema económico ocupará el lugar secundario que le corresponde”.


    Un activista con fuertes dosis de optimismo y convencimiento.

    Con acierto o con error, ha de reconocerse en Keynes un importante activismo siendo su teoría económica una reacción frente a lo que consideraba el mayor mal de su época: el desempleo. A diferencia de los economistas clásicos, que proponían la no intervención, él recomendaba la acción al considerar que las crisis no eran fenómeno natural que había que soportar con estoicismo.

    Este optimismo le llevó a criticar los pesimismos que se planteaban desde otros frentes: el pesimismo de los revolucionarios, que defienden que todo está tan mal que sólo cabe un giro radical que impugne el contrato social; y el de los reaccionarios, que consideran que el presente está en un equilibrio tan efímero que no procede experimentar.

    Es encomiable el profundo convencimiento en sus ideas, que se observa en la postura que adoptó como asesor de su gobierno en las negociaciones del Tratado de Versalles y que quedó recogida en su libro “Las consecuencias económicas de la paz”, que constituye una de las grandes premoniciones de la historia. Alejándose del chovinismo de las legaciones de los países vencedores, Keynes fue extremadamente crítico al advertir y justificar que unas excesivas indemnizaciones exigidas a la Alemania derrotada la reducirían “a la servidumbre durante una generación”. La “paz cartaginesa” que planteaban los vencedores no permitiría la paz y la prosperidad europea, anticipando así el auge del totalitarismo nazi.


    Influencia pasada, presente ¿y futura?

    La influencia de Keynes en la economía del siglo XX fue variable. Tras cumplirse las profecías que había plasmado en su libro “Las consecuencias económicas de la paz” se convirtió en una referencia, lo que le llevó a gozar de un cierto peso en las decisiones del gobierno británico tras la I Guerra Mundial.

    Fue crucial para el gobierno británico su intervención en la negociación con Estados Unidos de los préstamos que financiaron la II Guerra Mundial y, con posterioridad a ésta, Keynes concurrió a las negociaciones de Bretton Woods donde quedó definido el nuevo orden económico mundial con la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

    Tras fallecer su influencia fue importante ya que su “Teoría General” funcionó durante la recuperación de las economías tras la II Guerra Mundial: economías en crecimiento por un incremento de la demanda agregada por mayor gasto e inversión pública. En este entorno, fue rotunda la victoria de Keynes frente a los denominados “economistas de agua dulce”, que defendían la primacía de los mercados eficientes y la racionalidad de los operadores económicos.

    Dos hechos marcaron el final de este periodo de influencia keynesiano: por un lado, la crisis del petróleo de 1973 (una crisis por el lado de la oferta que difícilmente tenía solución por el lado de la demanda, que era la que más interés prestaba Keynes); y por otro, la llegada al gobierno de Thatcher y Reagan que comenzaron a aplicar las recetas de corte liberal defendidas por Hayek y Friedman, al ver como sus países perdían ventaja competitiva frente a Alemania, Francia o Japón. Se volvió a la disciplina de mercado y a los valores victorianos, promoviéndose la desregulación y la reducción del peso del Estado en la economía.

    Tras la crisis financiera de 2008 y el reconocimiento de que la menor intervención había llevado a las entidades financieras a asumir unos riesgos más allá de lo que su solvencia podía soportar, se desempolvaron las recetas keynesianas.

    En estas estábamos cuando una pandemia ha revolucionado el mundo tal y como lo conocíamos volviéndonos a situar en escenarios de crisis y desempleo, lo que nos lleva preguntarnos si procede aplicar los planteamientos keynesianos. Se trata de reintroducir los juicios morales en la economía, considerando que ésta “trata de introspección y de valores”. Es plantear la “buena vida” frente al “amor al dinero” y a entender la necesidad de actuar porque, a largo plazo, todos estaremos muertos.

    Parece asumirse que tendremos unos próximos años con tipos de interés bajos y con una “cierta” inflación que alivie el peso de los fuertes endeudamientos incurridos por todos los agentes económicos, lo que provocará lo que Keynes denominó “la eutanasia del rentista”, que se verá invitado al consumo o la inversión, incrementando así la demanda agregada. No es más que la reacción ante situaciones no deseadas, derivada de esa “sensibilidad keynesiana”.

    Sí que procede volver a considerar la economía tal y como él la entendía, como una “ciencia moral” al servicio de la sociedad, valorando los costes éticos y ambientales del progreso, en un planteamiento similar al de Karl Polanyi que estimó la necesidad de volver a “incrustar” la ciencia económica dentro de la sociedad, evitando que sea una ciencia autónoma y exclusivamente dependiente de las fluctuaciones de los mercados.

    (*) Este artículo es un extracto del primer premio de ensayo de los Premios de Humanidades 2021 de la IE University.

    Autor: José Manuel Cassinello Sola

    Director General de Jalsosa, SL desde 2013 y miembro de la junta directiva del IEAF en Andalucía. Licenciado en Derecho por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE) desarrolló el Senior Management Program en el IE Business School y el Programa de Alta Dirección de Empresas Líderes (ADEL) en el Instituto San Telmo. 

     

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